Carta del editor

Cada sociedad establece sus reglas y a partir de ellas define la línea más allá de la cual está lo que rechaza porque no se ajusta a su criterio de “normalidad”. Ya sea que la entendamos como el espacio de castigo y aislamiento, de “rehabilitación” o, inclusive, de “reeducación”, lo cierto es que en nuestra realidad latinoamericana los presos viven en condiciones de hacinamiento, violencia y todo tipo de carencias que traen consigo mucho sufrimiento para ellos y ellas, y para sus familias. El sistema carcelario podría interpretarse entonces como la “punta del iceberg” de un sistema que reproduce pobreza, marginación y exclusión. Si es verdad que la forma de pensar la cárcel define a la sociedad que la instituye, un vistazo a nuestras cárceles debería llenarnos de vergüenza.

En este contexto, ¿cuál es el papel que puede jugar la educación?, y ¿qué representa para las personas en reclusión? Las condiciones de vida en las cárceles están relacionadas con la idea de “castigo” y por lo tanto son, en la mayoría de los casos, adversas a un entorno que induzca al estudio: los programas educativos se desarrollan en ambientes de conflicto, con todo tipo de interferencias y discontinuidades; también enfrentan la baja autoestima y la desesperanza de las personas que están recluidas. A todos nos queda claro que las cárceles están pobladas de gente que fuera de ella ha sufrido ya de muchas formas de discriminación que ahí dentro se reproducen en su máxima crudeza.

En esta nueva entrega de Decisio los colaboradores abordan diversos ángulos de la educación en cárceles a partir de una mirada “desde dentro” que, como nuestra portada, nos plantea un mosaico de experiencias, problemáticas y alternativas. Las colaboraciones que presentamos increpan al sistema carcelario, anteponen el derecho a la educación como principio, y al tiempo que muestran la crudeza de la vida en la cárcel nos muestran experiencias educativas alentadoras.

Cecilia Fernández Zayas

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